¡Fue sueño ayer; mañana será tierra!

¡Poco antes, nada; después humo!

¡Y destino ambiciones y presumo

apenas punto al cerco que me cierra!

Francisco de Quevedo, Soneto a la brevedad de la vida

Las reflexiones en torno a la muerte han ocupado espacios en textos literarios y filosóficos, disquisiciones teológicas y por cierto, en el arte. Esta huesuda amiga, obtuvo en diversas representaciones un cuerpo, un carácter, cualidades morales, sociales y se llenó de atributos que en la larga tradición de imágenes se repiten, desde las figuraciones medievales hasta la actualidad.

Desde los libros del bien morir y la iconografía de la danza de la muerte hasta la pintura de vanitas, la conciencia de la fugacidad de la vida, la frugalidad de los bienes materiales, la caducidad y deterioro del cuerpo fueron tópicos que intentaron resaltar las virtudes espirituales frente a las superfluas ambiciones materiales. Por esta razón, este tipo de imágenes estuvo ligado a la religión que intentó, a través de ellas, aleccionar a sus fieles sobre los verdaderos caminos hacia Dios.

Las imágenes de la muerte encerraron en Europa metáforas visuales que construyeron un código plástico no siempre tan explícito. Objetos como espejos, velas encendidas o apagadas, flores marchitas, relojes de arena, calaveras y en ocasiones objetos relativos al pecado de la vanidad se hicieron un lugar en las pinturas del género denominado vanitas, que se consolidó hacia el siglo XVII en plena producción del barroco. El término tiene su origen en un fragmento del Eclesiastés del Antiguo Testamento y hace referencia a la frase: “¡Vanidad de vanidades! ¡Todo es vanidad!”

A pesar de que el género tuvo su periodo de auge, las imágenes de la muerte no han abandonado los lienzos de este lado del océano. El tema ocupó un lugar en estampas realizadas como diseños de túmulos funerarios desde el periodo colonial en México. Durante el siglo XVIII, las calaveras y varias formas del tema circularon en grabados y pinturas. De este modo, las alegorías sobre las etapas de la vida, o los ya conocidos exvotos, que agradecían, luego de enfrentar a la muerte, la posibilidad de estar vivos por la intervención divina, fueron temas recurrentes de una producción de corte más popular y en general anónima.

Alegoría de la muerte, Tomás Mondragón (activo a mediados del s. XIX), 1856. Óleo sobre tela, 160×125. Pinacoteca del templo de la Profesa.
vv. aa., Juegos de ingenio y agudeza. La pintura emblemática de la Nueva España, conaculta, México, 1994 .

Entre 1781 y 1785 el quehacer artístico en México dio un importante giro gracias a la creación de la Real Academia de las Tres Nobles Artes, donde la práctica artística fue considerada susceptible de ser enseñada y aprendida. Un periodo nuevo, llevó a los pintores, grabadores y escultores hacia una educación sistemática y una conciencia distinta de su actividad, cuyas fuentes de inspiración fueron la antigüedad clásica y la historia. Para el siglo XIX la consolidada Academia de un territorio independiente no se ocupó de pintar a la muerte; los retratos y las escenas históricas llenaron los salones oficiales. Sin embargo, es interesante destacar que aún podemos localizar obras que tienen como protagonista a nuestra ya tan poco temida y esquelética Parca, Catrina o como quieran llamarla.

Alegoría de la muerte

En 1856 Tomás Mondragón pintó la Alegoría de la muerte, allí una dama mira hacia el espectador con sus dos caras. De pie, en un interior bien compuesto, un espejo intenta atrapar el reflejo de la vida momentánea mientras que afeites, perfumes y peines recuerdan la vanidosa belleza temporal, reforzada la idea a través de los anillos de la mano y el vestido bordado de flores frescas. Del otro lado, un esqueleto ostenta los restos de la tela y extiende el brazo por el paisaje de un cementerio poblado de cruces y desolados árboles. La pintura sintetiza en un solo esquema el paso de la vida a la muerte, subrayado por la división espacial dada por un delgado hilo que una mano sin rostro se dedica a cortar, entre unas nubes que se abren a una divina luz. En la propia obra la inscripción “Éste es el espejo que no te engaña” no deja escapatoria, el espejo es la propia imagen que refleja lo que todos somos y seremos.

El árbol vano

Al pie de un árbol, que representa la propia vida, un joven vestido al estilo de la primera mitad del siglo XVII dormita con la mano en la mejilla. Varios personajes lo rodean: Cristo y la Virgen por el lateral izquierdo, un ángel lo abraza, mientras la personificación del diablo intenta tirar el árbol y la muerte con su hoz desea por fin cortar el hilo de la vida. La pintura El árbol vano, fue realizada en 1805 y su título hace referencia al árbol del pecador o de la vanidad. El tronco ya está cortado y el inocente bello durmiente no escapará de su suerte a pesar de la campana que Cristo quiere tañer para despertar su conciencia. Esta imagen evoca la larga tradición que enfrenta al bien y el mal, el vicio y la virtud representados en Cristo, el Diablo y la Muerte. Antecedentes de la configuración de la escena están en las obras del grabador flamenco Jerónimo Wierix, cuyas estampas llegaron a México desde el periodo virreinal y fueron fuente de inspiración para los artistas locales.

El árbol vano, Hermana Juana Beatriz de la Fuente (activa principios del s. XIX), 1805. Óleo sobre tela, 72×49. Museo de Arte de San Antonio, Texas, EU.
vv. aa., Juegos de ingenio y agudeza. La pintura emblemática de la Nueva España, conaculta, México, 1994.

Del mismo modo puede analizarse la pintura anónima que lleva el mismo título, donde con una factura evidentemente popular, trata el mismo tema. Esto evidencia la repetición de los diversos elementos en la elaboración del tema, además del impacto que las imágenes del grabador flamenco del siglo XVI tuvieron por largo tiempo.

El árbol vano, anónimo (siglo XIX). Óleo sobre lámina, 37×25. Col. Particular.

vv. aa., Juegos de ingenio y agudeza. La pintura emblemática de la Nueva España, conaculta, México, 1994.

Finalmente, es necesario advertir que este tipo de imágenes que aún se realizaban en el siglo XIX y que, como hemos apuntado, tienen remotos antecedentes, circularon por vías diferentes que las propuestas por el arte oficial. Creadas por artífices menores y anónimos, las representaciones sin duda enriquecieron este imaginario que año tras año se renueva en las imágenes de Día de Muertos que funcionan como recordatorios de la velocidad del tiempo y la caducidad de la vida. Por tanto, como dicen los que dicen “El muerto al cajón y el vivo al reventón” o rápido a vivir porque todo se acaba.